
Corría el año 1963.
Antonio vivía en la casa de al lado con una hija viuda y dos nietas de corta edad.
Por aquel tiempo tendría ochenta y tantos años. Era una persona mayor, ya un poco torpe en sus movimientos, pero muy lúcida en su pensar. Solía levantarse muy temprano y marchaba a un pequeño huerto que tenía a unos tres kilómetros de su casa. Después de hacer las faenas propias que aquel huerto demandaba, regresaba a casa sobre la hora de comer. Algunos días, por la tarde volvía al pequeño huerto, otros días, no. Era muy habilidoso. Hacia mil y un objetos de madera con sus envejecidas manos, ayudado por una gastada navaja. Era un anciano muy simpático y cariñoso.
Le gustaba rodearse de niños y contar historias. Recuerdo aquellas noches de verano, él sentado en una silla de anea junto al umbral de la puerta, con su botijo de arcilla blanca y diez o doce niños haciendo un corro alrededor y sentados en el suelo oyéndolo, embelesados.
En muchas de aquellas historias el protagonista era él de joven. Nos relataba, en plan misterioso, aventuras fantásticas de monstruos imaginarios y combates contra caballeros fuertemente armados. Viajábamos por las selvas más misteriosas y los océanos más remotos.
A veces, nos contaba cuentos tan entrañables como “ El castillo de irás y no volverás “ o “ Juan Sinmiedo “. Mientras iba relatando, cambiaba el tono de voz dependiendo del personaje que interpretara en ese momento. En los cuentos con pasajes de miedo nos hacia acercarnos más a él. Nos hablaba en un tono más bajo y cuando todos estábamos ya un poco asustados, en un determinado momento, daba un grito y todos sobresaltados nos echábamos hacia atrás, después reíamos por la broma.
Cuando había niños delante, a sus nietas no les daba ningún trato de favor y nos trataba a todos por igual. Otras veces, se metía en la cocina y fabricaba caramelo que después troceado nos repartía mientras escuchábamos sus historias.
Alguna vez, alguien de nosotros se pasaba en la confianza hacia él; recuerdo que jamás le vi una mala cara, tan solo llamaba la atención del niño sin amonestarle demasiado.
Muchas noches, su hija Concha le advertía de lo tarde que era y le aconsejaba acostarse. Todos nosotros protestábamos especialmente si la historia estaba a medio contar, a continuación nos retirábamos a nuestras casas deseando que llegase la noche del día siguiente.
Ese año llegó el otoño bastante frío.
Un día, Antonio se levantó algo indispuesto. La memoria le fallaba más de lo habitual, sentía gran pesadez en las piernas y sus manos eran más torpes. Este estado se iba incrementando día a día y después de visitar al médico varias veces, le dijeron que eran cosas de la edad. Pasaron los meses y ya Antonio no se levantaba, fue perdiendo el habla, ya no articulaba palabra; daba la impresión de estar en otro mundo.
Comía, dormía y hacia sus necesidades en la cama. Su hija pacientemente lo cuidaba y limpiaba. A veces se veía cansada y muy triste, pero rápidamente se rehacía y volvía al trabajo.
Llegó el verano de 1964 y fuimos todos los niños del vecindario a visitar a Antonio. Nos impresionó mucho el verlo. Había perdido bastante peso. En talones y brazos le habían aparecido unas heridas producidas por el roce de las sábanas, llevaba tanto tiempo en cama….Fuimos pasando uno a uno, dándole un beso. Al despedirnos nos pareció ver una ligera sonrisa en sus labios y dos lágrimas rodaron por sus mejillas.
Antonio no molestaba porque se le quería.
El 23 de diciembre de 1964, Antonio durmió para siempre.